Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Encuentro aquí a la buena gente que conocí hace diez años. Llevan las mismas ropas, las mismas caras; sólo que las mujeres han engordado, y los hombres han encanecido un poco. ¡Me dejaba estupefacto la inmovilidad de todos estos seres! Por otra parte, han construido casas, han ensanchado el muelle, han trazado calles, etc. Acabo de volver a casa, azotando la lluvia y con cielo gris, al son de la campana que tocaba vísperas. Habíamos estado en Deauville (una granja de mi madre). ¡Cómo me fastidian los campesinos, y qué poco hecho estoy para ser propietario! Al cabo de tres minutos la compañía de estos salvajes me harta. Siento un hastío idiota invadirme como una marea. La capa de plomo que Dante promete a los hipócritas no es nada si se compara con la pesadez que me aplasta el cráneo. ¡Mi hermano, su mujer y su hija han venido a pasar el domingo con nosotros! Ahora están recogiendo conchas, envueltos en impermeables, y se divierten mucho. Yo también me divierto mucho a la hora de las comidas, pues como una enormidad de caldereta. Duermo unas doce horas con bastante regularidad todas las noches, y de día fumo pasablemente. El escaso trabajo que hago es preparar el programa de la clase de historia que le daré a mi sobrina, una vez de regreso en Croisset. En cuanto a la Bovary, imposible siquiera el pensar en ella. He de estar en mi casa para escribir. Mi libertad de espíritu depende de mil circunstancias accesorias, muy miserables, pero muy importantes. Estoy muy contento de saber que ya estás en marcha con La sirvienta. ¡Qué ganas tengo de ver eso!