Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Vi una cosa que me emocionó, el otro día, y en la que yo no pintaba nada. Habíamos ido a una legua de aquí, a las ruinas del castillo de Lassay (este castillo se construyó en seis semanas para Madame Du Barry, que había tenido la idea de venir a tomar baños de mar a esta región). Ya no queda de él más que una escalinata, una gran escalinata Luis XV, unas ventanas sin cristales, un muro, y viento, ¡viento! Está sobre una meseta a la vista del mar. Al lado hay una casucha de campesinos. Entramos para que bebiera leche Liline, que tenía sed. El jardincillo tenía bonitas malvarrosas que subían hasta el tejado, judías, un caldero lleno de agua sucia. En los alrededores gruñía un puerco (como en tu Jeanneton), y más lejos, más allá del cercado, potros en libertad pastaban y relinchaban con sus grandes crines flotantes que se movían al viento del mar. En las paredes interiores de la choza, ¡una imagen del Emperador y otra de Badinguet! Yo iba a hacer, sin duda, alguna broma, cuando vi en un rincón cerca de la chimenea, medio paralítico, a un anciano sentado, flaco, con barba de quince días. ¡Por encima de su sillón, sujetas a la pared, había dos charreteras de oro! El pobre viejo estaba tan inválido que tenía dificultad para agarrarse. Nadie le prestaba atención. Allá estaba rumiando, gimiendo, comiendo directamente de un cuenco lleno de habas. El sol daba en los anillos de hierro que rodean los baldes y le hacía guiñar los ojos. El gato, a lengüetadas, bebía leche de un barreño en el suelo. Y eso era todo. A lo lejos, el ruido impreciso del mar. Pensé que, en ese medio-sueño perpetuo de la vejez (que precede al otro, y que es como la transición de la vida a la nada), el hombrecillo sin duda volvía a ver las nieves de Rusia o las arenas de Egipto. ¿Qué visiones flotaban ante aquellos ojos alelados? ¡Y qué ropa! ¡Qué chaqueta remendada y limpia! La mujer que nos servía (su hija, creo) era una comadre de cincuenta años, de falda corta, con pantorrillas como los balaustres de la plaza Luis XV, y tocada con un gorro de algodón. Iba y venía con sus medias azules y sus voluminosas enaguas, y Badinguet, espléndido en medio de todo aquello, erguido sobre un caballo amarillo, tricornio en mano, saludaba a una cohorte de inválidos cuyas patas de palo estaban todas bien alineadas. La última vez que había venido yo al castillo de Lassay era con Alfred [Le Poittevin]. Aún me acordaba de la conversación que habíamos tenido y de los versos que recitábamos, de los proyectos que hacíamos…