Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¡Cómo se descojona de nosotros la naturaleza! ¡Y qué jeta impasible tienen los árboles, la hierba y las aguas! La campana del paquebote de El Havre suena tan encarnizadamente que me interrumpo. ¡Qué jaleo provoca la industria en el mundo! ¡Qué cosa escandalosa es la máquina! A propósito de industria, ¿has pensado alguna vez en la cantidad de profesiones idiotas que engendra y en la masa de estupidez que, a la larga, ha de provenir de ella? ¡Sería una estadística espantosa de hacer! ¿Qué puede esperarse de un pueblo como el de Manchester, que se pasa la vida haciendo alfileres? ¡Y la confección de un alfiler exige cinco o seis especialidades diferentes! Al subdividirse el trabajo, nacen, pues, junto a las máquinas, cantidades de hombres-máquina. ¡Qué función la de revisor en el ferrocarril o la de ajustador en una imprenta!, etc., etc. Sí, la humanidad vira a lo estúpido. Leconte tiene razón: nos lo ha formulado de un modo que jamás olvidaré. Los soñadores de la Edad Media eran hombres distintos a los activos de los tiempos modernos.