Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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La humanidad nos odia, no la servimos y la odiamos, pues nos hiere. ¡Amémonos, pues, en el Arte, como los místicos se aman en Dios, y que todo palidezca ante este amor! ¡Que las demás candelas de la vida (apestan todas) desaparezcan ante ese gran sol! En las épocas en que todo lazo está roto, y en que la Sociedad no es más que un vasto bandidaje (palabra gubernamental) más o menos bien organizado, cuando los intereses de la carne y del espíritu, como lobos, se apartan unos de otros y aullan por separado, hay que prepararse, pues, como todo el mundo, un egoísmo (sólo que más hermoso) y vivir en la propia guarida. Yo, de día en día, siento operarse en mi corazón un alejamiento de mis semejantes que va ensanchándose, y estoy contento de ello, pues mi facultad de aprehensión hacia lo que me es simpático va en aumento, debido a ese mismo alejamiento. Me he precipitado sobre el bueno de Leconte con sed. Al cabo de tres palabras que le he oído decir, lo quería con un afecto del todo fraternal. Los amantes de lo Bello somos todos unos proscritos. ¡Y qué alegría cuando se encuentra uno a un compatriota en esta tierra de exilio! Esta es una frase que huele un poco a Lamartine, querida señora. Pero ya sabe que lo que mejor siento es lo que peor digo (¡qué de ques!) Dígale, pues, al amigo Leconte que lo aprecio mucho, que ya he pensado en él mil veces. Aguardo con impaciencia su gran poema céltico. La simpatía de hombres como él es buena de recordar en los días de desánimo. Si la mía le ha causado la misma satisfacción, estoy contento. Le escribiría a gusto, pero no tengo nada en absoluto que decirle. Una vez de regreso en Croisset, excavaré en la Bovary ciegamente. Déle pues, de mi parte, el mejor apretón de manos posible.


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