Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Ésta es probablemente mi última carta de Trouville. Estaremos dentro de ocho días en El Havre, y el sábado en Croisset. A mediados de la semana próxima te mandaré una notita. El sábado por la noche, en Croisset, te escribiré si Bouilhet no está. Trata de que yo tenga una carta tuya el sábado, o mejor el domingo por la mañana. Así será un buen retorno. ¡Que tunda de trabajo voy a darme, una vez de regreso! Estas vacaciones no han sido inútiles; me han refrescado. Hacía dos años que apenas había tomado el aire; lo necesitaba. Además, me he vuelto a sumergir un poco en la contemplación de las aguas, de la hierba y del follaje. Escritores que somos, inclinados siempre sobre el Arte, apenas tenemos con la naturaleza más que comunicaciones imaginativas. A veces hay que mirar a la luna o al sol de frente. La savia de los árboles nos entra en el corazón a través de las largas miradas estúpidas que les dirigimos. Así como las ovejas que comen tomillo en los prados tienen después la carne más sabrosa, algo de los sabores de la naturaleza ha de penetrar en nuestro espíritu, si se ha revolcado bien sobre ella. Sólo hace ocho días, como mucho, que empiezo a estar tranquilo y a saborear con sencillez los espectáculos que veo. Al principio estaba atontado; después estuve triste, me aburría. Apenas me acostumbro, hay que marcharse. Camino mucho, me reviento con deleite. Yo que no puedo aguantar la lluvia, estuve esta tarde empapado hasta los huesos, casi sin darme cuenta. Y cuando me vaya de aquí me entristeceré. ¡Siempre es la misma historia! Sí, empiezo a librarme de mí mismo y de mis recuerdos. Los juncos que azotan mis zapatos al pasar por la duna, al atardecer, me divierten más que mis ensueños (estoy tan lejos de la Bovary como si en mi vida hubiese escrito una línea de ella).


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