Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet A partir del lunes me lanzo a una Bovary furibunda. Tiene que funcionar; pues bien, ¡así será! Y tú, querida Musa, ¿cómo va La sirvienta? Tienes mucha razón en dedicarle mucho tiempo. Háblame de tu salud. ¿Tus vómitos han vuelto? Permíteme, a este respecto, un consejillo que te suplico sigas. Creo que tu costumbre de no beber más que agua es detestable. Mi hermano me aseguró, hace algún tiempo, que en nuestro país era a menudo causa de cánceres de estómago. Puede que sea exagerado. Pero todo lo que sé es que mi padre, que en su oficio era un hombre de primera, preconizaba mucho el puré otoñal, como decía el viejo Rabelais. Puedes estar segura de que en un clima en que se absorbe tanta humedad, metérsela siempre en el estómago sin nada que la corrija es mala cosa. Trata durante un mes de beber agua enrojecida, o si te parece demasiado mala esa mezcla, bebe al final de tus comidas un vaso de vino puro.
Anteayer leí en la cama casi un tomo entero de la Historia de la Restauración de Lamartine (la batalla de Waterloo). ¡Qué hombre tan mediocre, ese Lamartine! No ha entendido la belleza del Napoleón decadente, esa rabia de gigante contra los mequetrefes que lo aplastan. Ninguna emoción, nada elevado, nada pintoresco. Incluso Alejandro Dumas habría estado sublime a su lado. Chateaubriand, más injusto, o más bien más injurioso, está muy por encima. A este respecto, ¡qué lenguaje miserable!