Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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«Hace diez años estaba aquí», y está uno ahí, y piensa las mismas cosas, y todo el intervalo está olvidado. Luego, ese intervalo se os aparece como un inmenso precipicio en que da vueltas la nada. Algo indefinido os separa de vuestra propia persona, y os clava al no-ser. Lo que demuestra quizá que envejecemos es que el tiempo, a medida que lo tenemos detrás, nos parece menos largo. Antaño un viaje de seis horas en barco de vapor (en piróscafo, como diría el farmacéutico) me parecía desmesurado; tenía abundantes dificultades. Hoy, en un abrir y cerrar de ojos ya ha pasado. Tengo recuerdos de melancolía y de sol que me quemaban todo, apoyado en esas bordas de cobre y contemplando el agua. El que domina sobre todos los demás es un viaje de Ruán a Andelys con Alfred [Le Poittevin] (tenía yo dieciséis años). Teníamos ganas de reventar, literalmente. Entonces, al no saber qué hacer, y por esa necesidad de bobadas que te asalta en los estados de desmoralización radical, bebimos aguardiente, ron, kirsch y caldo (era un arroz con grasa). En aquel barco había toda clase de elegantes señores y hermosas damas de París. Aún veo un velo verde que el viento arrancó de un sombrero de paja y que vino a enredarse en mis piernas. Un señor de pantalón blanco lo recogió… La mujer de Alfred estaba en Trouville con su nuevo marido. No la he visto.



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