Cartas a Louise Colet

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Ahora releo a Boileau, es decir, todo Boileau, y con muchas marcas de lápiz en los márgenes. Me parece verdaderamente fuerte. No se cansa uno de lo que está bien escrito. ¡El estilo es la vida! Es la sangre misma del pensamiento. Boileau es un río pequeño, poco profundo, pero admirablemente limpio y bien encauzado. Por eso esa agua no se acaba. De lo que él quiere decir, nada se pierde. ¡Pero cuánto Arte ha sido preciso para hacer eso, y con tan poco! Así, de aquí a dos o tres años, voy a releer atentamente todos los clásicos franceses y a anotarlos, trabajo que me servirá para mis Prefacios (mi obra de crítica literaria, ya sabes). Quiero demostrar en ellos la insuficiencia de las escuelas, sean cuales sean, y declarar efectivamente que nosotros no tenemos la pretensión de crear una, y que no hay que crearlas. Al contrario, estamos en la tradición. A mí me parece estrictamente exacto. Me tranquiliza y me anima. Lo que admiro en Boileau es lo que admiro en Hugo, y allá donde ha sido bueno el uno, el otro es excelente. No hay más que una Belleza. Es la misma por todas partes, pero tiene aspectos diferentes; está más o menos coloreada por los reflejos dominantes. Voltaire y Chateaubriand, por ejemplo, fueron mediocres por las mismas causas, etc. Trataré de mostrar por qué la crítica estética ha permanecido tan atrasada con relación a la crítica histórica y científica: le faltaba base. El conocimiento que les falta a todos es la anatomía del estilo, saber cómo se articula una frase y por dónde se sujeta. Se estudia sobre maniquíes, sobre traducciones, según profesores, imbéciles incapaces de sujetar el instrumento de la ciencia que enseñan, quiero decir una pluma, y falta la vida, ¡el amor!, el amor, lo que no se da, el secreto divino, el alma, sin la cual nada se entiende.


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