Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet […] ¡Por fin, ya estoy de nuevo en marcha! Esto funciona; la máquina se recompone. No censures mi rigidez, querida Musa, sé por experiencia que sirve. Nada se obtiene sino con esfuerzo; todo tiene su sacrificio. La perla es una enfermedad de la ostra, y el estilo, quizá, la supuración de un dolor más profundo. ¿No ocurre lo mismo con la vida del artista, o más bien con una obra de Arte por realizar, que con una gran montaña por escalar? ¡Duro viaje, y que exige una voluntad encarnizada! Primero se divisa desde abajo una alta cima. En los cielos, es rutilante de pureza, amedrentadora por su altura, y te solicita, no obstante, precisamente a causa de eso. Partimos. Pero a cada rellano de la ruta crece la cima, el horizonte retrocede, y vienen los precipicios, los vértigos y los desánimos. Hace frÃo, y el eterno huracán de las altas regiones te quita al pasar hasta el último jirón de tu ropa. La tierra está perdida para siempre, y la meta sin duda no se alcanzará. Es la hora en que se cuentan las fatigas, en que se miran con espanto las grietas de la piel. No se tiene más que unas ganas indomables de subir más alto, de terminar, de morir. A veces, sin embargo, llega un soplo del viento del cielo, y desvela para deslumbrarte perspectivas incontables, infinitas, maravillosas. A veinte mil pies por debajo de uno se distinguen los hombres, una brisa olÃmpica llena tus pulmones gigantes, y se considera uno un coloso que tiene el mundo entero como pedestal. Luego cae la niebla y se sigue a tientas, a tientas, quebrándose las uñas en las rocas y llorando en la soledad. ¡No importa! ¡Muramos en la nieve, perezcamos en el blanco dolor de nuestro deseo, al murmullo de los torrentes del EspÃritu, con el rostro vuelto hacia el Sol!