Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Esta tarde he vuelto a empezar con un plan nuevo mi maldita página de los farolillos, que he escrito ya cuatro veces. ¡Es como para romperse la cabeza contra el muro! Se trata (en una página) de describir las gradaciones del entusiasmo de una multitud, a propósito de un individuo que coloca sucesivamente varios farolillos en la fachada de un ayuntamiento. Hay que ver a la muchedumbre gritar de asombro y de alegría; y eso sin cargas ni comentarios del autor. A veces te asombras de mis cartas, me dices. Te parece que están bien escritas. ¡Qué malicia! Aquí escribo lo que pienso. Pero pensar por otros como habrían pensado, y hacerles hablar, ¡qué diferencia! En este momento, por ejemplo, acabo de mostrar, en un diálogo que trata de la lluvia y el buen tiempo, a un individuo que debe ser a la vez buen chico, corriente, un poco vulgar y pretencioso. Y a través de todo esto es preciso que se vea que él ataca. Por lo demás, todas las dificultades que se experimentan al escribir proceden de la falta de orden. Ahora es una convicción que tengo. Si te empeñas en un giro o una expresión que no llega, es que no tienes la idea. La imagen, o el sentimiento bien claro en la cabeza, trae la palabra sobre el papel. Lo uno dimana de lo otro. «Lo que bien se concibe, etc.» Ahora releo al viejo tío Boileau, o más bien lo he releído entero (voy por sus obras en prosa). Era un hombre de primera, y sobre todo un gran escritor, mucho más que un poeta. Pero ¡cómo lo han vuelto estúpido! ¡Qué pésimos explicadores y valedores ha tenido! La raza de los profesores de colegio, pedantes de tinta pálida, ha vivido sobre él y lo ha adelgazado, hecho trizas, como una horda de abejorros a un árbol. ¡Y no era muy frondoso! No importa, era de raíz sólida, y bien plantado, recto, gallardo.


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