Cartas a Louise Colet

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La crítica literaria me parece cosa muy nueva de hacer (y converjo en ella, cosa que me asusta). Los que hasta ahora se han ocupado de ella no eran del oficio. Podían quizá conocer la anatomía de una frase, pero ciertamente no entendían ni palabra de la fisiología del estilo. ¡Ay, la literatura! ¡Qué comezón permanente! Es como una llaga que tengo en el corazón. Me duele sin cesar, y me la rasco con deleite.

¿Y La sirvienta? ¿Por qué temo que sea demasiado larga? Es una tontería, depende sin duda de que el tiempo de la composición me engaña sobre la dimensión de la obra. Por lo demás, vale más resultar demasiado largo que demasiado corto. Pero el defecto general de los poetas es la extensión, como el defecto de los prosistas es la vulgaridad, lo que hace a los primeros aburridos y a los segundos repugnantes: Lamartine, Eugéne Sue. ¡A cuántos poemas del tío Hugo les sobra la mitad! Además es que el verso, por sí mismo, es muy cómodo para disfrazar la ausencia de ideas. Analiza un hermoso fragmento de verso y otro de prosa, verás cuál está más lleno. La prosa, arte más inmaterial (que se dirige menos a los sentidos, a la que le falta todo lo que agrada), necesita que la rellenen de cosas y sin que se vean. Pero en verso lo mínimo destaca. Así, la comparación más desapercibida en una frase de prosa puede proporcionar todo un soneto. Hay muchos terceros y cuartos planos en prosa. ¿Deben existir en poesía?


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