Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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He pasado una triste semana, no por el trabajo, sino con relación a ti, a causa de ti, de tu idea. Te diré más adelante las reflexiones personales que han salido de ello. Crees que no te quiero, pobre, querida Louise, y piensas que eres en mi vida un afecto secundario. Sin embargo, no tengo afecto humano que sobrepase al tuyo, y en cuanto a afectos de mujer, te juro que eres el primero, el último, y afirmo más: no he tenido otro igual, ni tan prolongado, tan dulce, ni sobre todo tan profundo. En cuanto a esa cuestión de mi instalación inmediata en París, hay que aplazarla, o mejor, resolverla en seguida. Me es imposible ahora (sin contar el dinero que no tengo, y que habría que tener). Me conozco (muy bien), sería un invierno perdido y quizá todo el libro. Bouilhet habla de esto a la ligera, él que felizmente tiene la costumbre de escribir en todas partes, que lleva doce años trabajando entre continuas interrupciones. Pero para mí sería una vida totalmente nueva que iniciar. Soy como los cuencos de leche: para que se forme la nata hay que dejarlos inmóviles. Sin embargo, te lo repito: si quieres que vaya, ahora, de inmediato, durante un mes, dos o cuatro, cueste lo que cueste, iré, ¡qué más da! Si no, éstos son mis planes y lo que he hecho. De aquí al final de la Bovary iré a verte más a menudo, ocho días cada dos meses, sin fallar una semana, salvo esta vez en que no me volverás a ver hasta el final de enero. Así, nos veremos después en abril, en junio, en septiembre, y dentro de un año estaré muy cerca del fin. He charlado de todo esto con mi madre. No la acuses (ni siquiera en tu corazón), pues es más bien de tu cuerda. He establecido con ella mis arreglos de dinero, y este año tomará sus disposiciones para mis muebles, mi ropa, etc. He apalabrado ya un criado que me llevaré a París. Ya ves, pues, que es una decisión inquebrantable, y, a menos que palme de aquí a unas trescientas páginas, me verás instalado en la capital. No trasladaré nada de mi despacho, pues siempre será aquí donde escribiré mejor, y en definitiva donde pasaré más tiempo, a causa de mi madre, que envejece. Pero tranquilízate, estaré arraigado y bien allá. ¿Sabes a dónde me ha conducido la melancolía de todo esto, y qué ganas me ha inspirado? Las de mandar al carajo para siempre la literatura, no hacer ya nada en absoluto, e irme a vivir contigo, en ti, y descansar mi cabeza entre tus pechos en vez de masturbármela sin cesar para que eyacule frases. Me decía: ¿Merece la pena el Arte tantas preocupaciones, tanto fastidio para mí y tantas lágrimas para ella? ¿De qué sirve tanta inhibición dolorosa, para ir a parar, en definitiva, a lo mediocre? Pues te confesaré que no estoy contento. Tengo, a ratos, tristes dudas sobre el hombre y sobre la obra, sobre ésta como sobre las demás. El miércoles, por curiosidad, releí Noviembre. Hace once años era, efectivamente, el mismo individuo de hoy (al menos con poca diferencia; primero hay que exceptuar una gran admiración por las putas, que ya no es hoy más que teórica, y que entonces era práctica). La había olvidado tanto, que me pareció una cosa nueva del todo; pero no es buena, hay monstruosidades de mal gusto y, en suma, el conjunto no es satisfactorio. No veo modo alguno de reescribirla, habría que rehacerlo todo. Aquí y allá hay una frase buena, una hermosa comparación, pero no hay tejido de estilo. Conclusión: Noviembre seguirá el camino de La educación sentimental , y se quedará junto a ella en mi carpeta, definitivamente. ¡Ah, qué fino olfato tuve en mi juventud, al no publicarla! ¡Qué sonrojos me provocaría ahora! […]


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