Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Estoy releyendo a Montaigne. ¡Es singular hasta qué punto estoy lleno de ese individuo! ¿Será una coincidencia, o será porque a los dieciocho, durante todo un año, me atiborré de él, no le leÃa más que a él? ¡Con frecuencia me deja atónito hallar [en Montaigne] el análisis muy sutil de mis propios sentimientos! Tenemos los mismos gustos, las mismas opiniones, la misma manera de vivir, las mismas manÃas. Hay gente a la que admiro más que a él, pero no la hay a quien evocarÃa más a gusto, y con quien charlarÃa mejor.
El amor de la señorita Chéron me conmueve mediocremente. ¡Es demasiado fea, esa querida jovencita! Cuando se tiene una nariz como la suya, no deberÃa pensarse más que en tener catarros, y no amantes. Además, esa madre que la induce a amar me parece estúpida. Resulta encantador, pero ¿y qué? ¿Acaso puede Leconte casarse con ella? Y si por fin, harto de ella, tiene la debilidad de follarla, ¿crees que no la dejará plantada, perfectamente? ¡Qué existencia atroz se prepararÃa el desgraciado! Pero le estimo demasiado para no prejuzgarle insensible a los encantos de esa desdichada.
En cuanto al tÃo Babinet (ya ves que es la primera necesidad de la humanidad, etc., me escribes), en su caso es sencillamente lujuria.