Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Pero veo en tu carta de esta mañana algo más, como una decisión premeditada de estar agria o parecerlo. ¿Quién sabe? ¿A lo mejor es una tentativa, una prueba? Me reprochas sin cesar que me doy tono, soy teatral, orgulloso, presumo de mis tristezas como un matón de sus cicatrices. Según tú, te entristezco a placer, fingiendo llorar para ver correr tus lágrimas. Es una idea atroz.
¿Cómo puedes quererme, si me consideras un personaje tan mezquino? Entonces, es que me desprecias. ¿Quizá, efectivamente, me desprecias? Sin duda has llegado ya a arrepentirte; ves que te has equivocado, y me acusas a mí por esa ilusión perdida.
Recuerda que mis primeras palabras para ti fueron un grito de advertencia; y cuando nos vimos arrastrados juntos por el torbellino, no paré de decirte que escaparas mientras aún era tiempo. ¿Eso era vanidad? ¿Era orgullo? ¿No habría podido, al contrario, mentir, engrandecerme, erguirme, hacerme sublime? ¡Habrías creído que lo era! Entonces habrías creído que era bueno, por haber sido hipócrita.