Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet No nos quejemos; ¡somos privilegiados! ¡Tenemos luz de gas en el cerebro! ¡Y hay tanta gente que tirita en una buhardilla sin velas! ¡Lloras cuando estás sola, pobre amiga mÃa! No, no llores, evoca la compañÃa de las obras por hacer; llama a figuras eternas. Por encima de la vida, por encima de la felicidad, hay algo azul e incandescente, un gran cielo inmutable y sutil cuyas radiaciones, que llegan hasta nosotros, bastan para animar mundos. El resplandor del genio no es más que el pálido reflejo de este Verbo oculto. Pero si esas manifestaciones nos resultan imposibles a nosotros, por la debilidad de nuestras naturalezas, el amor, la aspiración nos manda hacia ellas; nos empuja hacia él, nos confunde, nos mezcla con él. Se puede vivir en él; hay pueblos enteros que no han salido de allá, y hay siglos enteros que han pasado asà por la humanidad como cometas por el espacio, despeinados y sublimes. Te quejas de que no estamos en las condiciones ordinarias. Pero ahà está el mal, en querer tenderse sobre la vida, como hacÃa ElÃseo sobre el cadáver del niño pequeño. Por mucho que se encoge uno, resulta demasiado grande, y la putrefacción no palpita debajo. El inmenso deseo no levanta ni la pata de una mosca, y nuestras mejores voluptuosidades nos hacen llorar igual que nuestros peores lutos. Si yo fuera ese egoÃsta que dicen, te hablarÃa en otros términos. Al contrario, ¡con qué cuidado, en interés de mi vanidad o de mis placeres, no declamarÃa sobre los dulces tesoros de este bajo mundo! Los hombres, en efecto, quieren siempre que se les ame, incluso cuando no aman, y si a veces yo he deseado que me amases menos, era en los momentos en que más te querÃa, cuando te veÃa sufrir por mi culpa. En esos momentos habrÃa querido reventar. No tienes más que preguntarle a Bouilhet si el lunes por la tarde, cuando me considerabas tan irritado contra ti, pregúntale, digo, si no era más bien contra mà mismo contra quien se dirigÃa toda esa irritación.