Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet En cuanto a publicar, no soy de tu opinión. Sirve. ¿Qué sabemos si no hay, a estas horas, en algún rincón de los Pirineos o de Bretaña, un pobre ser que nos comprenda? Publicamos para amigos desconocidos. La imprenta sólo tiene eso de hermoso. Es un vertedero más amplio, un instrumento de simpatía que va a golpear a distancia. En cuanto a publicar ahora, no lo sé. Lanzar a la vez La sirvienta y La religiosa sería quizá más imponente, como masa y como contraste. No, no tengo un despego sepulcral hacia todo, pues sólo el enterarme de tus pequeños éxitos de librería me ha hecho ilusión. ¡Vamos, pobre Musa, estoy muy poco despegado de ti! ¡Yo que querría verte rica, feliz, famosa, festejada, envidiada! Pero quiero, por encima de todo, verte grande. Lo que hace que te engañes es que tengo ojeriza a esto: la aspiración a la felicidad por los hechos, por la acción. Odio esta búsqueda de beatitud terrenal. Me parece una manía mediocre y peligrosa. ¡Viva el amor, el dinero, el vino, la familia, la alegría y el sentimiento! Tomemos de todo esto lo más que podamos, pero no creamos en ello. Hemos de persuadirnos de que la felicidad es un mito inventado por el diablo para desesperarnos. Son los pueblos convencidos de un paraíso los que tienen imaginaciones tristes. En la Antigüedad, cuando no se esperaba (¡y aún!) más que unos campos Elíseos muy chatos, la vida era amable. Sólo te censuro por eso, pobre querida Musa, por pedir peras al olmo. Peral u olmo, tiendo mis ramas hacia ti, y me recuesto sobre todo tu ser. […]