Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet No sé ningún detalle lúbrico referente a la Sílfide, que al parecer se ha visto fuertemente conmovida (¿sacudida, quizá?). Bouilhet sólo me ha escrito cartas muy cortas en estos últimos tiempos. Siempre la había considerado una zorra caliente, y veo que no me he equivocado. Pero parece que lleva la cosa con mucha decisión e insolencia. ¡Mejor! Esa mujer es taimada, conoce el mundo; podrá abrirle a Bouilhet horizontes nuevos… ¡tristes horizontes, cierto es! Pero, en fin, hay que conocer todos los pisos del corazón y del cuerpo social, desde la bodega hasta el desván, e incluso no olvidar las letrinas, ¡y sobre todo no olvidar las letrinas! Allí se elabora una química maravillosa, se hacen descomposiciones fecundadoras. ¿Quién sabe a qué jugos de excrementos debemos el perfume de las rosas y el sabor de los melones? ¿Ha contado alguien cuántas bajezas contempladas hacen falta para constituir una grandeza de alma? ¿Cuántas miasmas repugnantes hay que haber tragado, cuántas penas sufrido, cuántos suplicios soportado, para escribir una buena página? Eso somos nosotros, poceros y jardineros. Sacamos de las putrefacciones de la humanidad deleites para ella misma, hacemos crecer canastillas de flores sobre miserias amontonadas. El Hecho se destila en la Forma y sube a lo alto, como un puro incienso del Espíritu, hacia lo Eterno, lo Inmutable, lo Absoluto, lo Ideal.