Cartas a Louise Colet

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Pero, como no se trata de declamar contra el burgués, burgués que ya ni siquiera es burgués, pues desde la invención de los ómnibus la burguesía ha muerto; sí, se ha sentado ahí, en el banco popular, y ahí se queda, idéntica ahora a la canalla en alma, en aspecto e incluso en vestimenta (véase el «chic» de los paños gruesos, la creación del paleto, los trajes de remeros, las batas azules para la caza, etc.). Como no se trata, sin embargo, de declamar, esto es lo que yo haría: aceptaría todo eso y, partiendo de ese punto de vista democrático, a saber, que todo es de todos, y que la mayor confusión existe para el bien del mayor número, trataría de establecer a posteriori que por consiguiente no hay modas, puesto que no hay autoridad ni regla. Antes se sabía quién hacía la moda, y todas tenían un sentido (volvería sobre esto, que entraría en la historia del traje, cosa bien hermosa de escribir, y muy nueva). Pero ahora hay anarquía, y cada uno está entregado a su capricho. Quizá salga de aquí un orden nuevo. Otros dos puntos que yo podría desarrollar. Esta anarquía es el resultado, entre otros mil, de la tendencia histórica de nuestra época (el siglo XIX repasa su curso de historia). Así hemos tenido el estilo romano, el gótico, el Pompadour, el Renacimiento, todo en menos de treinta años, y algo de todo eso subsiste. ¿Y cómo sacar provecho de todo esto para la belleza? Ahí está el calambur, lo tomo en este sentido: estudiando qué forma, qué color conviene a tal persona, en tal circunstancia dada. Ahí hay una relación de tonos y de líneas que hay que captar. Las grandes coquetas saben de eso, y, como los auténticos dandies, no se visten según la revista de modas. Pues es de ese arte del que debe hablar un periódico de modas, para ser nuevo y auténtico. Estudiar, por ejemplo, cómo viste el Veronés a sus rubias, qué adornos pone al cuello de sus negras, etc. ¿No hay atuendos decentes, no los hay libidinosos o elegiacos, y excitantes? ¿De qué depende ese efecto? De una relación exacta, que se nos escapa, entre los rasgos y la expresión del rostro, y la vestimenta. Otra consideración, la relación entre el traje y la acción, y de esta idea de utilidad con frecuencia incluso deriva lo Bello. Ejemplo: majestad de los vestidos sacerdotales. El gesto de la bendición es estúpido sin mangas anchas. Oriente se desislamiza por la levita. ¡Ya no pueden hacer sus abluciones, los desdichados, con sus bocamangas abotonadas! Igual que la introducción de la trabilla les hará abandonar tarde o temprano el uso del diván (y quizá el del harén, pues tales pantalones tienen también braguetas abotonadas. A propósito de la importancia de las braguetas, véase el gran Rabelais). En cuanto a la trabilla, está expulsada de Francia ahora, a consecuencia de la extensión y de la rapidez de los negocios comerciales. Hay que observar que fueron los corredores los primeros en llevar polainas y zapatos: la trabilla les molestaba para subir corriendo las escaleras de la Bolsa, etc. Finalmente, ¿hay algo más estúpido que ese boletín de modas, que dice los trajes que se llevaron la semana pasada, con el fin de que se lleven la semana siguiente, y que da una regla para todo el mundo? Eso sin tener en cuenta que cada uno, para ir bien vestido, debe vestirse a su manera. Siempre es la misma cuestión, la de las Poéticas. Cada obra por hacer tiene su poética propia, que es preciso hallar.


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