Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Creo que envejecemos, nos volvemos rancios; nos agriamos y confundimos mutuamente nuestros vinagres. Yo, cuando me sondeo, esto es lo que siento por ti: primero una gran atracción física, y luego un apego de espíritu, un afecto viril y sereno, una estima emocionada. Pongo el amor por encima de la vida posible, y jamás hablo de él para mi uso. Has escarnecido delante de mí, la última noche, has ridiculizado como una burguesa mi pobre sueño de quince años, acusándolo una vez más de no ser inteligente. ¡Pues yo estoy seguro! ¿Es que nunca has entendido nada de todo lo que escribo? ¿No has visto que toda la ironía con que ataco al sentimiento en mis obras no era más que un grito de vencido, a menos que sea un canto de victoria? ¿Pides amor, te quejas de que no te envíe flores? ¡Pues sí que pienso yo en flores! Escoge entonces a algún buen chico recién salido del cascarón, a un hombre de buenos modales y de ideas prefabricadas. Yo soy como los tigres, que tienen en la punta del glande pelos aglutinados con los que desgarran a la hembra. El extremo de todos mis sentimientos tiene una punta afilada que hiere a los demás, y también a mí mismo, a veces. Yo no había encargado a Bouilhet nada en absoluto. Es una suposición por tu parte. Por lo demás, no te ha dicho sino la verdad, ya que lo preguntas. No me gusta que mis sentimientos sean conocidos por el público, y que en las visitas me arrojen a la cabeza mis propias pasiones, a modo de conversación. Hasta los veinte años cumplidos enrojecía como una zanahoria cuando me preguntaban: «¿No escribe usted?». Por eso puedes calcular mi pudor, con relación a los demás sentimientos. Siento que te amaría de modo más ardiente si nadie supiera que te amo. Tengo ojeriza a De Lisie porque me tuteaste en su presencia, y ahora me resulta desagradable verle. Así estoy yo constituido, y bastante tarea tengo en obra como para acometer mi reforma sentimental. También tú comprenderás, al envejecer, que las maderas más duras son las que menos rápido se pudren. Y hay algo que te verás forzada a conservar para mí, pase lo que pase: a saber, tu estima. Y la tengo en mucho. Sin embargo, apenas me la demuestras volviendo de nuevo, y tantas veces, a los ochocientos francos que te presté. ¡Se diría de verdad que te persigo con un alguacil! ¿Te he hablado alguna vez de ellos? No los necesito para nada. Quédatelos o devuélvemelos, me da igual. Pero pareces querer hacerme comprender esto: «Tenga paciencia, buen hombre, no esté inquieto: ya se le devolverá su pobre dinero; no llore». Daría el doble para no volver a oír hablar de ellos en absoluto. Pero ¿no serás tú la que me quieres menos? Examina tu corazón y respóndete a ti misma. En cuanto a decírmelo a mí, no; esas cosas no se dicen, porque hay que tener siempre sentimientos fuertes y chillones. Pero los míos, que son mínimos, imperceptibles y mudos, permanecen también siempre iguales. Tu salvaje del Aveyron te abraza.