Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¿Qué te hace pensar que me preocupaba poco saber el resultado de la visita del Filósofo (hiciste bien; permanece inflexible en cuanto a la pensión), porque no pude ir el miércoles por la tarde, agobiado como estaba por recados y asuntos? Ay, Louise, Louise, ¿sabes que yo no te he dicho nunca ni la cuarta parte de las cosas duras que me escribes, yo que soy tan duro, según pretendes, y «que no tengo ni sombra de una apariencia de ternura para contigo»? Eso te hiere profundamente, y a mà también, y más de lo que digo y te diré jamás. Pero cuando se escriben semejantes cosas, una de dos: o se piensan, o no se piensan. Si no se piensan, si es una figura de retórica, es atroz; y si no se hace más que expresar literalmente la propia convicción, ¿no valdrÃa más cerrar la puerta a la gente, limpiamente? Te quejas tanto de mi personalidad enfermiza (¡oh, Du Camp, gran hombre, cuánto te hemos calumniado todos!) y de mi falta de entrega, que termino por encontrar eso de un grotesco amargo. Mi egoÃsmo tan reprochado se duplica, a fuerza de plantármelo sin cesar ante la vista. ¿Qué significa egoÃsmo? ¡Me gustarÃa saber si tú no lo eres también (egoÃsta), y mucho, además! Pero mi egoÃsmo ni siquiera es inteligente. ¡De modo que soy no solamente un monstruo, sino un imbécil! ¡Encantadoras palabras de amor! Si desde hace un año (un año no, seis meses) el cÃrculo de nuestro afecto, como tú lo observas, se reduce, ¿de quién es la culpa? No he cambiado para contigo ni de conducta ni de lenguaje. Nunca (repasa en tu memoria mis otros viajes) me he quedado más en tu casa que en estos dos últimos. Antes, cuando estaba en ParÃs, aún iba a cenar a casa de otros de vez en cuando. Pero en noviembre, y hace quince dÃas, lo he rechazado todo para estar juntos de modo más completo, y en todas las gestiones que he hecho no ha habido una sola por mi gusto, etc.