Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Creo que ya estoy otra vez montado en mi manÃa. ¿Dará aún traspiés como para romperme las narices? ¿Tendrá los riñones más firmes? ¿Durará esto mucho? Dios lo quiera. Pero me parece que estoy recuperado. He hecho esta semana tres páginas que, a falta de otro mérito, al menos tienen rapidez. Esto ha de funcionar, correr, fulgurar, o reventaré; y no pienso reventar. Mi catarro a lo mejor me ha purgado el cerebro, pues me siento más ligero y más rejuvenecido. Sin embargo, antes he perdido parte de la tarde, al haber recibido la visita de un tÃo de Liline, que me ha ocupado tres horas. Por lo demás, me ha dicho dos buenas frases de burgués que no olvidaré, y que no se me habrÃan ocurrido. Asà que bendito sea. Primera frase, a propósito de pescado: «El pescado está desorbitadamente caro; no puede uno acercarse a él». ¡Acercarse al pescado! ¡Enorme! Segunda frase, a propósito de Suiza, que este señor ha visto; era con relación a una masa de hielo que se desprendÃa de un glaciar: «Era magnÃfico, y nuestro guÃa nos decÃa que éramos muy afortunados por estar allÃ, y que un inglés habrÃa pagado mil francos por verlo». ¡El eterno inglés pagando, aún más enorme!