Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¡Ay! Es que me he pasado muchas horas de mi vida, al amor de mi lumbre, amueblándome palacios y soñando con libreas para cuando tenga un millón de rentas. En mis pies he visto coturnos sobre los que había estrellas de diamante. He oído relinchar, al pie de escalinatas imaginarias, tiros de caballos que harían reventar de envidia a Inglaterra. ¡Qué festines! ¡Qué servicio de mesa! ¡Qué bien servido, y qué bueno estaba! Los frutos de los países de toda la tierra desbordaban en cestos hechos con sus hojas. Servían las ostras con el varec y había, todo alrededor del comedor, una espaldera de jazmines en flor donde jugaban los bengalíes.
¡Oh, las torres de marfil! ¡Subamos a ellas mediante el sueño, ya que los clavos de nuestras botas nos retienen aquí abajo!
Jamás he visto en mi vida nada lujoso, excepto en Oriente. Allá se encuentran gentes cubiertas de piojos y de harapos, y que llevan en los brazos brazaletes de oro. Son gentes para quienes lo Bello es más útil que lo Bueno. Se cubren con color, y no con paño. Necesitan más fumar que comer. Hermosa predominancia de la idea, por mucho que se diga. […]
[Croisset] Sábado, una de la madrugada [25 de febrero de 1854].