Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me hablas de la cara triste de De Lisie y de la expresión triunfante de Bouilhet. Efectos diferentes de causas iguales, a saber: el amor, el tierno amor, etc., como dice Pangloss. Si De Lisie tomara la vida (o pudiera tomarla) por el mismo lado que el otro, tendrÃa ese cutis fresco y ese aspecto agradable que te deja pasmada. Pero creo que tiene la mente embarazada de grasa. Le estorban superfluidades sentimentales, buenas o malas, inútiles para su oficio. Le he visto indignarse contra algunas obras debido a la conducta del autor. Aún sueña con el amor, la virtud, etc., o al menos con la venganza. Le falta una cosa: el sentido cómico. Reto a ese chico a que me haga reÃr, y la risa es algo: es el desdén y la comprensión mezclados, y en suma el modo más elevado de ver la vida, «lo propio del hombre», como dice Rabelais. Pues los perros, los lobos, los gatos y en general todos los animales con pelo lloran. Soy de la opinión de Montaigne, mi padre nutricio: creo que jamás se nos puede despreciar lo bastante, conforme a nuestro mérito. Me gusta ver la humanidad y todo lo que respeta rebajado, escarnecido, deshonrado, abucheado. Por ese lado siento alguna ternura por los ascéticos. El torpor moderno viene del respeto ilimitado que tiene el hombre por sà mismo. Cuando digo respeto… no: culto, fetichismo. El sueño del socialismo, ¿no es poder hacer que se siente la humanidad, monstruosamente obesa, en una caseta toda pintada de amarillo, como en las estaciones de ferrocarril, y que esté ahÃ, balanceándose sobre sus cojones, ebria, beatÃfica, con los ojos cerrados, digiriendo su almuerzo, aguardando la cena y defecando debajo de sÃ? ¡Ah! No moriré sin haberle escupido a la cara con toda la fuerza de mi gaznate. Doy las gracias a Badinguet. ¡Bendito sea! Me ha restituido al desprecio por la masa y al odio del populacho. Es una salvaguardia contra la bajeza en estos tiempos de vulgaridad que corren. ¡Quién sabe! A lo mejor será eso lo más claro y tajante que yo escriba, y quizá sea la única protesta moral de mi época. ¡Qué paréntesis!