Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Cuando vuelva a verte, verdad, no llorarás demasiado; no me afligirás demasiado. Serás buena; lo necesito; debes serlo. Veo correr tantas lágrimas, que de verdad necesito sonrisas. Pronto, espero, de aquí a pocos días, podremos vernos. Du Camp regresa a París y nos vienen aquí unos parientes de Champaña, una sobrina de mi padre, con su legítimo y sus hijos. Iré a acompañarla en teoría hasta Gaillon, para ir a ver juntos el castillo Gaillard, que está a una legua. En vez de eso, iré hasta Mantes, donde me quedaré hasta el tren de las seis, que me traerá aquí a las ocho. Tal es mi plan. Lo preparo ya con mucho tiempo. ¡Con tal que mi cuñado no tenga la desdichada idea de acompañarnos! Con tal que mi propia madre no tenga esa idea; pues tenemos en Andelys (lugar donde se halla el castillo Gaillard) unos amigos íntimos a los que no ha visto desde hace tiempo, y querrá acaso aprovechar la ocasión. Tú saldrías de París a las nueve de la mañana; estarías en Mantes a las diez cincuenta; yo llegaría a las once y diecinueve. Tendríamos cinco horas largas para nosotros. Es muy poco; siempre sería algo, pues no preveo la posibilidad próxima de un viaje a París. Cuando volvamos a despedirnos, aún será para una ausencia más larga. Habrá que hacerse a ello y aceptarlo como una imperfección de nuestro pobre amor imposible de evitar.



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