Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Lo que me dices sobre la lectura de los Fósiles a Pichat y a Maxime no me ha sorprendido en absoluto. Bouilhet no me ha hablado de ello; sólo me escribe simples notas. Toda esa buena gente está en un ambiente tan ruidoso que les es imposible recogerse para escuchar, primero. Y luego, aunque hubieran escuchado, es una de esas obras originales que no están hechas para todo el mundo. El comentario de Du Camp: «¡Qué lástima que los animales no estén nombrados!», demuestra que ha perdido toda noción de estilo. La «superioridad de la idea sobre la descripción» es de la misma hechura. Se ha llegado ahora a tal flojera en el gusto, debido al régimen debilitante que seguimos, que la menor bebida fuerte pasma y aturde. Hace ya doscientos años que la literatura francesa no ha tomado el aire; ha cerrado su ventana a la naturaleza. ¡Y así, el viento de los grandes horizontes oprime y asfixia a la gente ingeniosa! Hace cinco o seis años un polaco me dijo una frase profunda a propósito de Rusia: «Su espíritu ya nos invade». Entendía con eso el absolutismo, el espionaje, la hipocresía religiosa, el antiliberalismo, en fin, bajo todas sus formas. Y también en literatura estamos en ese punto. Nada más que barniz, y por debajo el bárbaro: ¡barbarie de guante blanco! ¡Patas de cosacos con uñas sin mugre! ¡Pomada de rosa, que huele a cirio! ¡Ay, qué abajo estamos, y qué triste es hacer literatura en el siglo XIX! No tenemos ni base ni eco; se encuentra uno más solo que el beduino en el desierto, pues el beduino, al menos, conoce los manantiales ocultos bajo la arena; tiene la inmensidad a su alrededor, y las águilas que vuelan por encima.