Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Ésta no cuenta; es sólo para saber cómo estás. Además, Bouilhet me ha dado noticias tuyas. Me ha dicho que estabas enferma, pero que no tenÃas nada serio. No sé si es simpatÃa de nuestros órganos, pero me está saliendo, en el mismo sitio que a ti, un divieso que será monstruoso si no revienta. ¡Col colosal! ¡Orgullo de China! ¡Arbor sancta! Desde el viernes me he encontrado en un horrible estado de tedio y de hundimiento, consecuencia de un párrafo que no podÃa resolver. A Dios gracias, desde esta tarde ha pasado. Este libro me agota; estoy gastando en él el resto de mi juventud. Es igual, ha de hacerse. La vocación, grotesca o sublime, debe seguirse. Hablas de mi quietud. Nunca se habló de nada más fantástico. ¡Quietud, yo! ¡No, por desgracia! Nadie está más turbado, atormentado, agitado, destrozado. No paso dos dÃas ni dos horas seguidas en el mismo estado. Me consumo de proyectos, de deseos, de quimeras, sin contar la grande e incesante quimera del Arte que ahueca la espalda y enseña los dientes de una manera cada vez más formidable e imposible. Además, estos primeros dÃas buenos me afligen. Estoy enfermo de la enfermedad de España. Me vienen melancolÃas sanguÃneas y fÃsicas por irme, con botas y espuelas, por buenas y viejas rutas llenas de sol y de aromas marinos. ¿Cuándo oiré a mi caballo caminar sobre bloques de mármol blanco, como antes?