Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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[…] Sigo enredado con los patizambos. Mi querido hermano me ha fallado esta semana en dos citas, y si no viene mañana, me veré forzado de nuevo a ir a Ruán. No importa, esto avanza. Estos días he tenido mucha dificultad en lo referente a un discurso religioso. Lo que he escrito es, en mi conciencia, de una impiedad poco común. ¡Lo que es la diferencia de época! Si hubiese vivido cien años antes, ¡qué declamación habría puesto! En vez de ello, no he escrito más que una exposición pura y casi literal de lo que debió ser. Ante todo, estamos en un siglo histórico. Así que es preciso narrar con toda sencillez, pero narrar hasta llegar al alma. Nunca dirán de mí lo que dicen de ti en el sublime prospecto de la Librairie Nouvelle: «Todos sus trabajos concurren a esa meta elevada» (la aspiración a un porvenir mejor). No, hay que cantar sólo por cantar. ¿Por qué se mueve el Océano? ¿Cuál es la meta de la naturaleza? Pues creo que la meta de la humanidad es exactamente la misma. Las cosas son porque son, y no podréis alterarlas, buena gente. ¡Siempre giramos dentro del mismo círculo, hacemos rodar siempre la misma roca! ¿No eran más libres y más inteligentes en la época de Pericles que en la de Napoleón III? ¿Dónde has visto que yo pierda «el sentido de ciertos sentimientos que no experimento»? Primero, te haré notar que sí los experimento. Tengo el corazón humano, y si no quiero un hijo mío, es porque siento que lo tendría demasiado paternal. Quiero a mi sobrinita como si fuese mi hija, y me ocupo de ella lo bastante (activamente) como para demostrar que no son frases. ¡Pero que me despellejen vivo antes de explotar eso en estilo! No quiero considerar el Arte como un sumidero de pasión, como un orinal, un poco más limpio que una simple charla, que una confidencia. ¡No, no! La Poesía no debe ser la espuma del corazón. Esto no es serio, ni correcto. Tu hija merece algo mejor que ser expuesta en verso bajo su mantita, que ser llamada ángel, etc. Todo eso es literatura de romanza más o menos bien escrita, pero que flaquea por la misma base débil. Cuando se ha escrito La campesina y algunos poemas de tu libro Lo que hay en el corazón de las mujeres, una ya no puede permitirse esas fantasías ni en broma. La personalidad sentimental será lo que más tarde hará pasar por pueril y un poco necia buena parte de la literatura contemporánea. ¡Cuánto sentimiento, cuánto sentimiento, cuántas ternuras, cuántas lágrimas! Nunca habrá existido gente tan buena. Ante todo hay que tener sangre en las frases, y no linfa, y cuando digo sangre me refiero a corazón. Tiene que latir, palpitar, conmover. Hay que hacer que se amen los árboles y vibren los granitos. Puede ponerse un amor inmenso en la historia de una brizna de hierba. La fábula de las dos palomas me ha emocionado siempre más que todo Lamartine, y sólo por el tema. Pero si La Fontaine hubiera gastado primero su facultad de amar en la exposición de sus sentimientos personales, ¿le habría quedado bastante para describir la amistad de dos aves? Cuidemos de gastar nuestras monedas de oro en calderilla.


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