Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Es una gran miseria, pero hay que agradecérsela a Dios, que no ha considerado el alma de su criatura lo bastante amplia como para contener la suma de cada día, amontonada sobre la de los días precedentes. Además, una pena se lleva otra; cuando duelen las muelas, no se sienten los sabañones. Sólo queda escoger el mal más ligero; ahí está toda la sabiduría. Pero aún no te olvido, lo sabes muy bien. No ha llegado la hora. Habrá tiempo para pensar en eso cuando estemos en esa situación. No te afanes en ser desdichada. Piensa siempre que te quiero, dítelo, complácete en esa idea; ponla aparte en tu corazón, no para turbarlo y llenarlo hasta los bordes, sino para confortarlo y penetrarlo con calor. Si quieres, hazle tomar un baño de amor, a tu pobre corazón; pero no lo ahogues. […]
Adiós, querida amada mía, mil besos en tus dulces ojos. Contéstame si te gusta mi proyecto. Sería, creo, dentro de tres o cuatro días. No sé. Te avisaré a tiempo. ¡Ojalá nos proteja la fortuna! Siempre desconfío de ella. Es una grandísima coqueta; cuando te hace carantoñas, es porque va a rechazarte con bríos renovados.
Adiós, tuyo y en ti.
[Croisset] Medianoche del viernes [4 de septiembre de 1846].