Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Querías que viniese el domingo. También yo pensé, ves, en que nos reuniéramos. Siempre coincidimos en nuestros anhelos, en nuestros deseos. Cuando dos seres se quieren, son como los hermanos siameses unidos entre sí, dos cuerpos para un alma. Pero si muere uno antes que el otro, ha de remolcar un cadáver. No temas por mí; no siento que llegue la agonía. Así que nos volveremos a ver pronto. Está ya arreglado mi pequeño viaje a Andelys (léase Mantes). Como hace falta hora y media para ir, y basta una hora para ver el castillo Gaillard, volveré a dormir aquí (de otro modo es imposible), pero en el último tren, que me recogerá allá hacia las diez. Tendremos toda una hermosa tarde para nosotros. Digo tendremos sin saber si has aceptado mi proyecto; pero mañana, al despertar, aguardo una buena carta tuya, toda chispeante de gozo, en que me digas: acude. ¿Estás contenta de mí? ¿Es eso? Ya ves que, cuando puedo verte, me arrojo sobre la más pequeña ocasión como un ladrón en ayunas, la cojo a dos manos y no la suelto. Du Camp marcha de aquí probablemente el miércoles próximo (o el jueves, a más tardar). Así pues, hasta el miércoles. Te mandaré la hora exacta de los trenes para que no haya malentendidos entre nosotros, y te escribiré la hora exacta en que debes salir de París. ¿Te nos imaginas aguardándonos, buscándonos entre la multitud, encontrándonos, marchándonos juntos y solos? Tendremos que contenernos; me costará mucho impedirme besarte delante de todo el mundo. Iremos a alguna buena posada bien tranquila. ¡Seremos nuestros, solamente nuestros! Serán otra vez unos buenos momentos, mira. ¿Qué importa el futuro? ¿Llegará siquiera? ¿Quién sabe si habrá mañana? Aún no he recibido el envío de Fidias, que me ha —y que tú me has— anunciado. Primero quisiste incluir en él tu estatuilla. Pero no tendría ningún sitio secreto en que ocultarla. Tengo ya tantas cosas tuyas, que podría terminar por resultar sospechoso. ¡La menor broma al respecto me heriría en lo más vivo, y quizá me descubriría! Ahí está tu retrato, muy cerca de mí, a tres pasos de mis ojos. Me he reído bastante esta mañana al leer tu diálogo con Fidias a propósito de Marin y su modelo. ¿Es posible que lo que nuestro amigo te dijo sobre esa criatura haya podido causarte una sombra de inquietud? Para tener semejantes ideas, ciertamente, hay que ser tú. Ahora celos; ¿y de quién? ¡De eso! Me habría gustado estar ahí para ver tu cara y hacerte reír de inmediato a costa tuya. Primero, esa mujer es atrozmente fea; no tiene a su favor más que un gran cinismo, lleno de ingenuidad, que me divirtió mucho. También vi en ella la expansión de las furias de la naturaleza, cosa siempre hermosa de ver. Además, ya sabes que me gusta bastante ese tipo de cuadros; en mí es una afición innata. Me gusta lo innoble. Es lo sublime de abajo. Cuando es auténtico, es tan raro de encontrar como el de arriba. El cinismo es algo maravilloso, en cuanto es la carga del vicio, y al mismo tiempo su correctivo y su aniquilación. Todos los grandes voluptuosos sony muy púdicos; hasta ahora no he visto excepciones. Y además, vuelvo a pensarlo, pues me sorprendió mucho tu confesión: aun cuando esa mujer, después de todo, fuera hermosa, y aunque hubiera habido, como dice el maestro en su casto lenguaje, algo entre nosotros dos, ¿te causaría dolor? Las mujeres no entienden que pueda amarse en distintos grados; hablan mucho del alma, pero el cuerpo les interesa sobremanera, pues ven todo el amor puesto en juego en el acto del cuerpo. ¡Se puede adorar a una mujer, e ir cada noche a acostarse con putas, o tener otra amante, e incluso quererla! Eso parecerá más raro, y no obstante es cierto. Ea, no te enfurruñes; creo que aquí no aludo a mí mismo: vivo como un cartujo. ¡Pero sólo hasta el miércoles!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker