Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Todo fue agradable, ¿verdad? Nada nos molestó, y nada te dije, me parece, que te afligiese, ni tú a mÃ. ¡Qué hermoso recuerdo! Es como para encargar una misa conmemorativa.
De regreso aquÃ, he comido prodigiosamente, sobre todo solomillo. Me he reÃdo por dentro, al pensar en la comparación que tanto le gusta a Fidias. Después de haberme llenado el estómago, me he echado en mi sofá, donde me he dormido de inmediato.
Acabamos de cenar a las nueve, debido a esos parientes de los que te hablé, que han llegado muy tarde. Pero antes de acostarme he querido, siguiendo mi promesa, enviarte un beso más, eco debilitado de los que ayer a estas horas sonaban tan fuerte en tu hombro cuando me gritabas: «¡Muérdeme! ¡Muérdeme!» ¿Te acuerdas?
Adiós, hermosa mÃa, piensa en todo lo que hicimos. He releÃdo tus versos, gracias; ahora ya no tengo más que a ellos. Adiós otra vez, mil caricias, de las más cálidas, de las que prefieres. Ama siempre, y no me acuses nunca. Yo siempre te perdonarÃa, hicieras lo que hicieras. SÃ, volverÃa a ti; me parece que me verÃa forzado a ello. Me dijiste una cosa que me hizo mucha ilusión, «es que, aunque nos separásemos, conservarÃamos siempre un buen recuerdo uno de otro». SÃ, es cierto. Adiós, querida, adiós, tuyo en cuerpo y alma.