Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet He inventado una historieta que mi madre se ha creído, pero la pobre mujer estuvo ayer muy inquieta. Vino a las once al ferrocarril; pasó la noche sin dormir y atormentándose. Esta mañana la he encontrado en el andén, en un estado de extrema ansiedad. No me ha hecho reproche alguno, pero su rostro era el mayor reproche de cuantos puedan hacerse. ¡Ay, ese buen hotel de Mantes, y nuestro barquero, y el inteligente funcionario del ferrocarril! ¡Qué lejos queda ya todo eso! ¡Qué llenas han sido esas veinte horas!
Me enorgullecí de lo que me dijiste, que jamás habías saboreado una felicidad semejante. Tu gozo me enardecía. Y yo, ¿te gusté? Dímelo; me agrada.
¿Cuándo volveremos a vernos?
Te lo ruego, te conjuro a ello; no me acuses nunca de no verte más a menudo. No te imaginas cuánto me aflige y me hiere. ¿Es culpa mía? No lo será nunca. Pero no veo circunstancias próximas; será dentro de mucho tiempo. Ahora, resignémonos de antemano; hazte a esa idea.
¿No entendiste que, igual que la gente que marcha sin saber cuándo volverá, me embriagaba de amor por anticipado? Era la orgía de mi corazón. Quizás así nos amemos durante más tiempo, excitados como estaremos por un deseo no saciado.