Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Exageras mi entorno cuando comparas tu soledad con la mía. ¡No! Soy yo quien está solo, quien siempre lo ha estado. ¿No te fijaste incluso el otro día, en Mantes, en dos o tres ausencias que te hicieron exclamar: «¡Qué carácter tan raro! ¿Con qué estás soñando?». ¿Con qué? No lo sé; pero eso que no has visto sino rara vez es mi estado habitual. No estoy con nadie ni en sitio alguno, no soy de mi país y ni siquiera, quizá, del mundo. Por mucho que me rodeen, yo no rodeo. Así, las ausencias que me ha dado la muerte no han traído a mi alma un nuevo estado, sino que han perfeccionado el que había. Estaba solo por dentro; estoy solo por fuera. ¿Qué tengo aquí? Gente que me quiere, y poco, una sola persona. ¡Pero ser amado no lo es todo! La vida no transcurre en efusiones de ternura. Eso es bueno, exquisito en raros y solemnes momentos. Lo que hace dulces los días es la expansión de la mente, la comunión de ideas, el relato confidencial de lo que se ha soñado, de lo que se desea, de todo lo que se piensa. ¿Hay aquí abajo muchos seres que tengan la misma opinión, siquiera sobre el modo en que hay que servir una cena o equipar un tiro de caballos? ¡Qué ocurrirá entonces en el campo del pensamiento puro! Además, he observado lo siguiente: es un axioma que escribí en alguna parte y con deliberación antes de que la práctica de estos últimos diez meses me lo confirmara: «Son aquellos a quienes más queremos quienes más nos hacen sufrir». Medítalo, y verás que mi interior no es tan alegre como lo piensas.


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