Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Se acusa de sensualidad a los escultores que representan mujeres de verdad, con pechos que pueden dar leche y caderas que pueden concebir. Pero si, al contrario, hicieran ropajes rellenos de algodón y figuras lisas como postes, los llamarÃan idealistas, espiritualistas. ¡Ah, sÃ!, es cierto: descuida la forma, dirÃan; ¡pero es un pensador! Y los burgueses, entonces, venga a dar voces y a forzarse a admirar lo que les aburre. Es fácil, con una jerga convenida, con dos o tres ideas en boga, hacerse pasar por un escritor socialista, humanitario, renovador y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos. Ésa es la manÃa actual; se avergüenzan del propio oficio. Hacer simplemente versos, escribir una novela, tallar mármol, ¡ni hablar! Eso valÃa antiguamente, cuando no tenÃamos la misión social del poeta. Ahora cada obra ha de tener su significado moral, su enseñanza graduada; hay que darle un alcance filosófico a un soneto, es preciso que un drama dé palmetazos a los monarcas y una .acuarela debe moderar las costumbres. La picapleiterÃa se cuela por doquier, la furia de discurrir, echar peroratas, defender; la musa se convierte en el pedestal de mil ambiciones. ¡Oh, pobre Olimpo! ¡SerÃan capaces de plantar en tu cima un campo de patatas! Y si sólo se metieran en esto los mediocres, se podrÃa dejarles hacer. Pero la vanidad ha desterrado al orgullo, y ha establecido mil pequeñas codicias allá donde reinaba una amplia ambición. También los fuertes, los grandes, han pensado a su vez: ¿por qué no ha llegado ya mi dÃa? ¿Por qué no agitar a esta multitud a todas horas, en vez de hacerla soñar más tarde? Entonces se han subido a la tribuna; han entrado en un periódico y ahà están, apoyando con su nombre inmortal teorÃas efÃmeras. Se esfuerzan por derribar a un ministro que caerá sin ellos, cuando podrÃan, con un solo verso satÃrico, atar a su nombre una ilustración de oprobio. ¡Se ocupan de impuestos, aduanas, leyes, de paz y de guerra! Pero ¡qué pequeño es todo eso! ¡Cómo pasa! ¡Qué falso y relativo es! Y se animan con todas estas miserias; gritan contra todos los tramposos; se entusiasman con todas las buenas acciones comunes; se apiadan de cada inocente muerto, de cada perro atropellado, como si hubieran venido al mundo para eso. Es más hermoso, me parece, ir a varios siglos de distancia a hacer latir el corazón de las generaciones y llenarlo de alegrÃas puras. ¿Quién dirá cuántos divinos estremecimientos ha causado Homero, cuántos lloros ha transformado el buen Horacio en una sonrisa? Sólo en lo que a mà respecta, siento agradecimiento hacia Plutarco debido a esas tardes que me dio en el colegio, llenas de ardores belicosos, como si entonces hubiera llevado en mi alma el Ãmpetu de dos ejércitos.