La tentacion de San Antonio

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APOLONIO.—Y golpeando el mosaico con su cola, puso la mano sobre las rodillas de Flavio.

DAMIS.—Pero al día siguiente, en las lecciones de la escuela, Menipo estaba pálido.

ANTONIO.—(dando un salto): ¡Ah!, que continúen, ya que no hay…

DAMIS.—El Maestro le dijo: «¡Oh, bello joven, acaricias a una serpiente; una serpiente te acaricia!, ¿para cuándo son las bodas?». Fuimos todos a la boda.

ANTONIO.—¡Hago mal, seguro, escuchando!

DAMIS.—En el vestíbulo, se agitaban los servidores, las puertas se abrían; sin embargo no se oía ni el ruido de los pasos, ni el ruido de las puertas. El Maestro se colocó junto a Menipo. Al instante la desposada se encolerizó contra los filósofos. Pero la vajilla de oro, los coperos, los cocineros, los panaderos desaparecieron; el techo voló, las paredes se resquebrajaron; y Apolonio se quedó solo, de pie, con la mujer deshecha en llanto a sus pies. Era una vampira que satisfacía a los jóvenes bellos, con el fin de comer su carne, porque no existe nada mejor para ese tipo de fantasmas que la sangre de los enamorados.

APOLONIO.—Si quieres saber el arte…

ANTONIO.—¡No quiero saber nada!

APOLONIO.—La noche de nuestra llegada a las puertas de Roma.


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