La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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ANTONIO.—¡Oh!, ¡sí!, ¡háblame de la ciudad de los papas!

APOLONIO.—Nos abordó un hombre borracho, que cantaba con dulce voz. Era un epitalamio de Nerón; y tenía poder para matar al que le escuchaba negligentemente. Llevaba a la espalda, en una caja, una cuerda de la cítara del Emperador. Alcé los hombros. Nos echó barro a la cara. Entonces, me quité el cinto y se lo coloqué en la mano.

DAMIS.—¡Lo que fue un error!

APOLONIO.—El Emperador, durante la noche, me mandó llamar a su casa. Jugaba a las tabas con Sporus[145], apoyando el brazo izquierdo en una mesa de ágata. Se volvió y frunció sus rubias cejas: «¿Por qué no me temes?», me preguntó. «Porque el Dios que te ha hecho terrible me ha hecho intrépido», contesté.

ANTONIO.—(aparte): Algo inexplicable me espanta.

(Silencio).

DAMIS.—(continúa con voz aguda): Por otra parte, toda Asia podrá decirte…

ANTONIO.—(sobresaltado): ¡Estoy enfermo! ¡Dejadme!

DAMIS.—Escucha. Él ha visto, en Éfeso, cómo mataban a Domiciano, que estaba en Roma.

ANTONIO.—(esforzándose por reír): ¡Es posible!


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