La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio DAMIS.—SÃ, en el teatro, en pleno dÃa, en la catorce calenda de octubre, de pronto gritó: «¡Están degollando a César!», y añadÃa a cada momento: «¡Rueda por el suelo; oh, cómo se debate! Se levanta; trata de huir; las puertas están cerradas; ¡ah!, ¡se acabó!, ¡ya está muerto!». Y aquel dÃa, en efecto, Tito Flavio Domiciano fue asesinado, como sabes.
ANTONIO.—Sin la ayuda del Diablo… seguramente…
APOLONIO.—¡Ese Domiciano quiso matarme! Damis huyó por orden mÃa, y me quedé solo en mi prisión.
DAMIS.—¡Era una osadÃa terrible, hay que reconocerlo!
APOLONIO.—Hacia la hora quinta, los soldados me llevaron al tribunal. TenÃa un discurso preparado, que guardaba bajo mi manto.
DAMIS.—¡Nosotros estábamos en la ribera de Puzoles! Te creÃamos muerto; llorábamos. Cuando, hacia la hora sexta, de pronto apareciste y nos dijiste: «¡Soy yo!».
ANTONIO.—(aparte): ¡Como Él!
DAMIS.—(muy alto): ¡Absolutamente!
ANTONIO.—¡Oh!, ¡no!, mientes, ¿verdad?, ¡mientes!
APOLONIO.—Él bajó del Cielo. ¡Yo subo, gracias a mi virtud, que me ha elevado hasta la altura del PrÃncipe!