La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio DAMIS.—¡Tiana[146], su ciudad natal, instituyó en su honor un templo con sacerdotes!
APOLONIO.—(se acerca a ANTONIO y le grita): ¡Conozco todos los dioses, todos los ritos, todas las oraciones, todos los oráculos! ¡Penetré en la cueva de Trofonio[147], hijo de Apolo! ¡Amasé para las siracusanas las tortas que llevan a las montañas!, ¡pasé las ochenta pruebas de Mitra[148]!, ¡apreté contra mi corazón a la serpiente de Sabasius[149]!, ¡recibà la banda de los Cabiros!, ¡lavé a Cibeles[150] en las olas de los golfos campamos y pasé tres lunas en las cavernas de Samotracia[151]!
DAMIS.—(riendo estúpidamente): ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡los misterios de la Buena Diosa!
APOLONIO.—¡Y ahora continuamos la peregrinación!
Vamos al Norte, por el lado de los cisnes y de las nieves. En la blanca llanura, los hipopodios[152] ciegos rompen con la punta de sus pies la planta de ultramar.
DAMIS.—¡Ven!, ha llegado la aurora. El gallo ha cantado, el caballo ha relinchado, la vela está dispuesta.
ANTONIO.—¡El gallo no ha cantado! Oigo al grillo en las arenas, y veo que la luna sigue en su sitio.