La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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APOLONIO.—Vamos al sur, detrás de las montañas y de las grandes olas, a buscar en los perfumes la razón del amor. Sentirás el olor del mirrodión que mata a los débiles. Bañarás tu cuerpo en el lago de aceite rosa de la isla Junonia[153]. Verás, cuando duermas sobre las primaveras, al lagarto que se despierta todos los siglos cuando cae en su madurez el carbúnculo de su frente. Las estrellas palpitan como ojos, las cascadas cantan como liras, las flores abiertas exhalan embriaguez; tu espíritu se ensanchará en el aire, tanto en tu corazón como en tu rostro.

DAMIS.—¡Maestro!, ¡ya es hora! ¡El viento va a levantarse, las golondrinas se despiertan, la hoja del mirto ha volado!

APOLONIO.—¡Sí!, ¡partamos!

ANTONIO.—¡No!, ¡yo me quedo!

APOLONIO.—¿Quieres que te enseñe dónde crece la planta Balis, que resucita a los muertos?

DAMIS.—¡Pídele más bien la andródamas que atrae la plata, el hierro y el bronce!

ANTONIO.—¡Oh!, ¡cómo sufro!, ¡cómo sufro!

DAMIS.—¡Comprenderás la voz de todos los seres, los rugidos, los arrullos!

APOLONIO.—¡Te haré montar sobre los unicornios, sobre los dragones, sobre los hipocentauros y sobre los delfines!

ANTONIO.—(llora). ¡Oh!, ¡oh!, ¡oh!


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