La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio Vibra un halo enorme, suspendido tras él. Los pequeños bucles de sus negros cabellos, con reflejos azulados, rodean simétricamente una protuberancia en lo alto del cráneo. Los brazos muy largos descienden ceñidos a sus flancos. Sus dos manos, con las palmas abiertas, descansan sobre los muslos. La planta de sus pies ofrece la imagen de dos soles; y está completamente inmóvil —frente a ANTONIO e HILARIÓN— con todos los dioses alrededor, escalonado en las rocas como en las gradas de un circo.
Sus labios se entreabren; y con voz profunda):
Soy el maestro de la gran limosna, el socorro de las criaturas, y expongo la ley a los creyentes y a los profanos.
Para liberar al mundo, quise nacer entre los hombres. Los dioses lloraban cuando me fui.
Primero busqué una mujer conveniente: de casta militar, esposa de un rey, muy buena, enormemente bella, con el ombligo profundo, el cuerpo firme como el de un diamante; y al llegar la luna llena, sin la ayuda de ningún varón, entré en su vientre.
Salà de él por el flanco derecho. Las estrellas se detuvieron.
HILARIÓN.—(murmura entre dientes): «¡Y cuando vieron a la estrella detenerse, tuvieron una gran alegrÃa!».
(ANTONIO mira más atentamente).