La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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¡Desgracia!, ¡desgracia! El Santo de los Santos se ha abierto, el velo se ha rasgado, los perfumes del holocausto se han perdido entre los vientos. El chacal aúlla en los sepulcros; ¡mi templo está destruido, mi pueblo se ha dispersado!

¡Han estrangulado a los sacerdotes con los cordones de sus hábitos! ¡Las mujeres están cautivas, los vasos se han fundido!

(La voz, alejándose):

¡Yo era el Dios de los ejércitos, el Señor, el Señor Dios!

(Entonces se hace un silencio enorme, una noche profunda).

ANTONIO.—Todos han pasado.

ALGUIEN.—¡Quedo yo!

(Y ante él está HILARIÓN, pero transfigurado, bello como un arcángel, luminoso como un sol, y tan grande que para verle).

ANTONIO.—(echa hacia atrás la cabeza). ¿Quién eres tú?

HILARIÓN.—Mi reino es de la dimensión del universo; y mi deseo no tiene límites. Siempre voy liberando el espíritu y examinando los mundos, sin odio, sin miedo, sin piedad, sin amor y sin Dios. Me llaman la Ciencia.

ANTONIO.—(se echa hacia atrás): ¡Tú debes de ser… el Diablo!


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