La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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Yo desplegué en las colinas las tiendas de Jacob, y alimenté en las arenas a mi pueblo que huía. ¡Fui yo quien quemó Sodoma! ¡Fui yo quien sumió la tierra bajo el Diluvio! Fui yo el que ahogó al Faraón, con los príncipes hijos de los reyes, los carros de guerra y los aurigas.

Gomo era un dios celoso, execraba a los demás dioses. Aplasté a los impuros; vencí a los soberbios —y mi desolación corría de derecha a izquierda, como un dromedario suelto en un campo de maíz.

Para libertar a Israel, escogí a los humildes. Ángeles con alas de fuego les hablaban en los zarzales.

Perfumadas de nardos, de cinamomo y de mirra, con vestidos transparentes y zapatos de tacón alto, mujeres de corazón intrépido iban a degollar a los capitanes[229]. El viento que pasaba arrebataba a los profetas.

Yo grabé mi ley sobre tablas de piedra. Esa ley encerraba a mi pueblo como en una fortaleza. Era mi pueblo. ¡Yo era su Dios! La tierra era mía, los hombres míos, con sus pensamientos, sus obras, sus útiles de trabajo y su posteridad.

Mi arca reposaba en un triple santuario, detrás de cortinas de púrpura y candelabros encendidos. Tenía a mi servicio toda una tribu que balanceaba incensarios, y un gran sacerdote vestido de jacinto, que llevaba en su pecho piedras preciosas, dispuestas en un orden simétrico.


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