La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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Cuando el vinagre corría por las barbas sin afeitar, cuando se obsequiaban con bellotas, guisantes y cebollas crudas y cuando el macho cabrío se asaba en la mantequilla rancia de los pastores, sin preocuparse del vecino, entonces nadie se molestaba. Los sólidos alimentos provocaban digestiones aparatosas. Con el sol del campo, los hombres se aliviaban con lentitud. De esa forma yo pasaba sin escándalo, como las demás necesidades de la vida, como Mena, tormento de las vírgenes, y la dulce Rumina[226], que protege el seno de la nodriza cubierto de venas azuladas. Yo era feliz. ¡Hacía reír! Y dilatándose de placer por mi causa, el convidado exhalaba toda su alegría por las aberturas de su cuerpo.

Tuve mis días de orgullo. El buen Aristófanes me paseó por la escena, y el emperador Claudio Druso[227] me hizo sentar a su mesa. ¡En los laticlavos[228] de los patricios circulé majestuosamente! ¡Los vasos de oro resonaban como tímpanos, y cuando, lleno de murenas, de trufas y de pasteles, el intestino del amo se descargaba con estrépito, el universo atento sabía que César había cenado!

Pero ahora estoy confinado en la plebe —¡y todos se indignan, incluso contra mi nombre!

(Y CREPITUS se aleja, lanzando un gemido. Luego un rayo).

UNA VOZ.—¡Yo era el Dios de los ejércitos, el Señor, el Señor Dios!


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