La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio ANTONIO.—Ahora apenas se la distingue. Se confunde con los demás astros.
El firmamento no es sino un tejido de estrellas.
(Siguen subiendo).
¡Ni un ruido!, ¡ni siquiera el graznido de las águilas! ¡Nada!…, y me asomo a escuchar la armonÃa de los planetas.
EL DIABLO.—¡No los oirás! ¡No verás, tampoco, el antÃctono de Platón[230], el fuego de Filolao[231], las esferas de Aristóteles[232], ni los siete cielos de los judÃos con las grandes aguas sobre la bóveda de cristal!
ANTONIO.—Desde abajo parecÃa sólida como un muro. ¡Por el contrario, la penetro, me hundo en ella!
(Y llega ante la luna, que parece un trozo de hielo completamente redondo, lleno de una luz inmóvil).
EL DIABLO.—Antes era la morada de las almas. El buen Pitágoras incluso la habÃa guarnecido de pájaros y flores magnÃficas.
ANTONIO.—Sólo veo llanuras desoladas, cráteres apagados, bajo un cielo completamente negro.
Vamos hacia esos astros de luz más suave, para contemplar a los ángeles que los sostienen con las manos, como si fueran antorchas.