La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio Se acuerda con desdén de la ignorancia de los dÃas pasados, la mediocridad de sus sueños. ¡Allà están muy cerca de él esos globos luminosos que contemplaba desde abajo! Distingue el entrecruzamiento de sus lÃneas, la complejidad de sus direcciones. Les ve venir de lejos —y suspendidos como piedras en una honda, observa cómo describen sus órbitas, trazan sus hipérboles.
De una sola ojeada distingue la Cruz del Sur y la Osa Mayor, el Lince y el Centauro, la nebulosa de la Dorada, los seis soles en la constelación de Orion, Júpiter con sus cuatro satélites, ¡y el triple anillo del monstruoso Saturno!, ¡todos los planetas, todos los astros que los hombres más tarde descubrirán! Se llena los ojos de sus luces, sobrecarga su pensamiento del cálculo de sus distancias; luego su cabeza vuelve a caer).
¿Cuál es el fin de todo esto?
EL DIABLO.—¡No tiene fin!
¿Cómo Dios podrÃa tener un fin? ¿Qué experiencia ha podido instruirle, qué reflexión determinarle?
Antes del comienzo no habrÃa actuado, y ahora serÃa inútil.
ANTONIO.—¡Sin embargo, ha creado el mundo de una sola vez, con su palabra!
EL DIABLO.—Pero los seres que pueblan la tierra aparecen en ella sucesivamente. De la misma forma, en el cielo, surgen nuevos astros —efectos diferentes de causas variadas.