La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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ANTONIO.—¡Oh, sí!, ¡todo lo que brilla me desagrada!

LA JOVEN.—¡Ermitaño! ¡Ermitaño!, encontrarás diamantes entre las piedras, fuentes bajo la arena, delectación en los azares que desprecias; y además existen en la tierra lugares tan bellos que se sienten deseos de apretarla contra el corazón.

LA VIEJA.—¡Cada noche, al dormir sobre ella, esperas que pronto te cubra!

LA JOVEN.—¡Sin embargo, crees en la resurrección de la carne, que es el paso de la vida a la eternidad!

(LA VIEJA, mientras hablaba, ha enflaquecido aún más; y por encima de su cráneo, que ya no tiene cabellos, un murciélago hace círculos en el aire.

LA JOVEN se ha vuelto más gorda. Su vestido brilla, su nariz aletea, sus ojos se mueven lánguidamente).

LA PRIMERA.—(continúa): (dice, abriendo los brazos): Â¡Ven, yo soy el consuelo, el reposo, el olvido, la serenidad eterna!

(y)…

LA SEGUNDA.—(ofreciendo sus pechos): ¡Yo soy la que adormece, la dicha, la vida, el gozo inagotable!

(ANTONIO se vuelve para emprender la huida. Las dos le ponen la mano en el hombro.


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