La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio ELLA.—(continúa): Vete al barrio de Racotis[237], empuja una puerta pintada de azul, y cuando estés en el atrio donde murmura un surtidor, se presentará una mujer, con un peplo de seda blanca bordado de oro, los cabellos revueltos, la risa parecida al chasquido de los crótalos. Es muy hábil. Sentirás en su caricia el orgullo de una iniciación y el aplacamiento de una necesidad.
No conoces, tampoco, la emoción de los adulterios, las escaladas, los raptos, la alegrÃa de ver completamente desnuda a la que se respetaba vestida.
¿Has apretado contra tu pecho a una virgen que te amara? ¿Recuerdas los abandonos de su pudor, y cómo sus remordimientos se escapaban en un flujo de dulces lágrimas?
¿Puedes acaso imaginaros andando por los bosques bajo la luz de la luna? La presión de vuestras manos juntas os produce un estremecimiento; vuestros ojos muy próximos emanan como ondas inmateriales, y vuestro corazón se llena; estalla; es un suave torbellino, una embriaguez desbordante…
LA VIEJA.—¡No es necesario poseer los placeres para sentir su amargura! Sólo con verlos de lejos, desagradan. ¡Debes de estar cansado de la monotonÃa de las mismas acciones, la duración de los dÃas, la fealdad del mundo, la estupidez del sol!