La tentacion de San Antonio

La tentacion de San Antonio

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Vuela como el deseo. Da la vuelta al mundo en un día. Por la noche, vuelve; se posa a los pies de mi cama; me cuenta lo que ha visto, los mares que han pasado bajo él, los peces y los barcos, los grandes desiertos vacíos que ha contemplado desde lo alto de los cielos, y todas las cosechas que se mecían en el campo, y las plantas que crecían en los muros de las ciudades abandonadas.

(Deja caer los brazos, lánguidamente).

¡Oh!, ¡si tú quisieras, si tú quisieras!… Tengo un pabellón en un promontorio en medio de un istmo, entre dos océanos. Está revestido de placas de vidrio, ensamblado de conchas de tortuga, y se abre a los cuatro vientos del cielo. Desde lo alto, veo llegar mis flotas y las multitudes que suben la colina con fardos al hombro. ¡Dormiríamos en colchones más mullidos que nubes, beberíamos bebidas frías en cortezas de frutas y miraríamos el sol a través de las esmeraldas! ¡Ven!…

(ANTONIO retrocede. Ella se acerca; y en tono irritado: )

¿Cómo?, ¿ni rica, ni coqueta, ni enamorada? No es eso lo que necesitas, ¿eh?, sino más bien lasciva, gorda, con una voz ronca, cabellos color de fuego y carnes abultadas. ¿Acaso prefieres un cuerpo frío como la piel de las serpientes, o grandes ojos negros, más oscuros que las cavernas místicas?, ¡mira mis ojos!

(ANTONIO, a pesar suyo, los mira).


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