La tentacion de San Antonio
La tentacion de San Antonio El paisaje se ve limitado a derecha e izquierda por un cerco de rocas. Pero del lado del desierto, como si se tratara de playas que se sucedieran, aparecen unas tras otras, subiendo siempre, inmensas ondulaciones paralelas de un amarillo ceniciento; más allá de la arena, a lo lejos, la cadena lÃbica forma un muro color yeso, ligeramente difuminado por vapores violetas. Enfrente, el sol va descendiendo. El cielo, en el norte, tiene una coloración gris perla, mientras que en el cénit las nubes de púrpura, dispuestas como los mechones de una melena gigantesca, se extienden por el espacio azul. Se oscurecen los rayos de fuego, las zonas azules adquieren una palidez nacarada; los matorrales, las piedras, la tierra, todo parece duro como de bronce; y en el espacio flota un polvo de oro tan menudo que se confunde con la vibración de la luz).
SAN ANTONIO.—(Que tiene una barba larga, largos cabellos, y túnica de piel de cabra, está sentado, con las piernas cruzadas, haciendo esteras. Cuando el sol desaparece, exhala un gran suspiro, y mirando al horizonte): ¡Un dÃa más! ¡Otro dÃa ha pasado!
