Madame Bovary

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El mozo de la posta, que cada mañana venía a cuidar la yegua, atravesaba el corredor con sus gruesos zuecos; su blusa tenía rotos, sus pies iban descalzos dentro de las pantuflas. ¡Era el groom en calzón corto con el que había que conformarse! Terminada su tarea, no volvía en todo el día, pues Carlos, al volver a casa, metía él mismo su caballo en la cuadra, quitaba la silla y pasaba el ronzal, mientras que la muchacha traía un haz de paja y la echaba como podía en el pesebre. Para reemplazar a Anastasia, que por fin marchó de Tostes hecha un mar de lágrimas, Emma tomó a su servicio a una joven de catorce años, huérfana y de fisonomía dulce.

Le prohibió los gorros de algodón, le enseñó que había que hablarle en tercera persona, traer un vaso de agua en un plato, llamar a las puertas antes de entrar, y a planchar, a almidonar, a vestirla, quiso hacer de ella su doncella. La nueva criada obedecía sin rechistar para no ser despedida; y como la señora acostumbraba a dejar la llave en el aparador, Felicidad cogía cada noche una pequeña provisión de azúcar, que comía sola, en cama, después de haber hecho sus oraciones. Por las tardes, a veces, se iba a charlar con los postillones.



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