Madame Bovary

Madame Bovary

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
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El hombre le daba al manubrio, mirando a derecha, a izquierda y hacia las ventanas. De vez en cuando, mientras lanzaba contra el guardacantón un largo escupitajo de saliva oscura, levantaba con la rodilla su instrumento, cuya dura correa le cansaba el hombro; y ya doliente y cansina o alegre y viva, la música de la caja se escapaba zumbando a través de una cortina de tafetán rosa bajo una reja de cobre en arabescos.

Eran canciones que se tocaban, por otra parte, en los teatros, que se cantaban en los salones, que se bailaban bajo arañas encendidas, ecos del mundo que llegaban hasta Emma. Por su cabeza desfilaban zarabandas sin fin, y como una bayadera sobre las flores de una alfombra, su pensamiento brincaba con las notas, meciéndose de sueño en sueño, de tristeza en tristeza. Cuando el hombre había recibido la limosna en su gorra, plegaba una vieja manta de lana azul, cargaba con su instrumento al hombro y se alejaba con aire cansado. Ella lo veía marchar. Pero era sobre todo a las horas de las comidas cuando ya no podía más, en aquella salita de la planta baja, con la estufa que echaba humo, la puerta que chirriaba, las paredes que rezumaban, el pavimento húmedo; toda la amargura de la existencia le parecía servida en su plato, y con los vapores de la sopa subían desde el fondo de su alma como otras tantas bocanadas de hastío.


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